lunes, 2 de marzo de 2015

Democracia Digital y participación ciudadana


La Democracia Digital relaciona el uso de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) con un avance democrático. La premisa es que las TICs ofrecen hoy día nuevas posibilidades técnicas para que exista una relación más fluida entre las Administraciones Públicas y la ciudadanía en su conjunto, con más y mejor información, de modo que esta nueva relación se traduce directamente en una mejora de la gestión pública, que se vuelve más eficaz, más eficiente y más justa.
Sin embrago, estas aspiraciones no son ajenas al contexto institucional en el que surgen, a la cultura institucional en la que se desenvuelve nuestra democracia representativa y a los vicios de la gestión pública. En el origen de las diferentes propuestas hacia una nueva Democracia Digital se habla mucho del hartazgo generalizado por la distancia entre la ciudadanía y las Administraciones, que las nuevas tecnologías vendrían de alguna forma a paliar. Pero no se nos esconde que los debates sobre la incorporación del elemento tecnológico a la gestión pública pueden adolecer de los mismos vicios que han ensanchado esa distancia. 
No podemos soslayar que hablamos de democracia en un momento de concentración acelerada del poder político hacia el poder ejecutivo, que conlleva el vaciamiento de la democracia de su elemento deliberativo. La democracia representativa está degenerando paulatinamente hacia una democracia transaccional, yo diría hasta “comercial”, que reproduce las mismas lógicas de la gran empresa capitalista. La deliberación pública como tal ha dejado de existir para trasladarse al ámbito de los generadores -privados- de opinión pública: las direcciones de los participados políticos, los lobbies de presión corporativos de todo tipo, y los medios de comunicación, fuertemente condicionados por los anteriores. Estos agentes, convertidos en grandes conglomerados “comerciales” (las comillas, obviamente sobran en algunos casos), pugnan por el acceso al poder, que una vez alcanzado, ejercen como la empresa que produce una mercancía para el mercado de masas. Hablamos de democracia en la era de la tecnocracia y el gerencialismo en la gestión pública, cuando las Administraciones son percibidas como meras prestadoras de servicios ideológicamente neutros y exclusivamente evaluables en términos de calidad. 
Es en este contexto donde el desarrollo de las TICs ha sacado lustre al mito de la “asamblea total” posible en el espacio virtual, dando lugar a diferentes conceptos y propuestas que es interesante saber definir y diferenciar:
  • Open Data o Datos Abiertos
  • Open Government o Gobierno Abierto
  • Democracia Directa o Democracia 4.0
Open Data o Datos Abiertos
El Open Data o Datos Abiertos es el movimiento que tiene como objetivo facilitar el acceso universal a la información de carácter público, entendida ésta en sentido amplio, como todo tipo de información generada y en manos de las Administraciones Públicas.
El derecho de acceso a la información pública se sustenta como reivindicación en el derecho a la libertad de expresión: el punto de partida es que no existe libertad de expresión si se carece de la información relevante de aquello sobre lo que una persona quiere opinar, influir o decidir.
De esta forma, el Open Data promueve la transparencia de la gestión pública, como una condición para el pleno desarrollo de los derechos subjetivos de la persona, al abordar el acceso a la información pública como un derecho derivado de un derecho fundamental reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El open data es un movimiento social cada vez más fuerte, con un discurso muy elaborado (también a nivel académico) y con actores organizados a nivel internacional, que tratan de presionar a los gobiernos y organismos internacionales para que adopten estándares de transparencia exigentes en el ejercicio de sus actividades (Access Info Europe, Transparency International, etc.).
Pero aunque los Datos Abiertos parten de un interés ciudadano legítimo, es un ámbito en el que también existen intereses comerciales de empresas que perciben el tratamiento de la información pública como una oportunidad de negocio, consistente en la prestación de servicios privados a partir de dicha información (por ejemplo, la información meteorológica). No hay que ser demasiado perspicaz para saber que las grandes empresas tienen depositadas muchas expectativas en este campo, y que parten con ventaja en el aprovechamiento comercial de la información pública.

Open Government o Gobierno Abierto
El Open Government o Gobierno Abierto persigue una nueva forma de gobierno donde exista una comunicación más fluida entre las Administraciones y los Administrados, que permita adecuar mejor la gestión pública a las necesidades de la ciudadanía.
Está relacionado con el concepto de Buen Gobierno o Gobernanza, y a diferencia de los Datos Abiertos, no es tanto un movimiento social como una tendencia en el ejercicio de la gestión pública, donde el liderazgo es más gubernamental que ciudadano.
El Gobierno Abierto es un concepto más amplio que el de Datos Abiertos:
  1. Por una parte, el Gobierno Abierto coincide con los Datos Abiertos, en la búsqueda de mayor transparencia en la gestión pública (por tanto, el Gobierno Abierto incluye los Datos Abiertos).
  2. Pero por otra parte, el Gobierno Abierto incorpora además la demanda de mayor participación ciudadana en la aplicación de las políticas públicas, lo que se traduce en incluir medidas encaminadas principalmente a la rendición de cuentas y a la puesta en marcha de mecanismos de participación ciudadana.
En cualquier caso, hay que llamar la atención sobre cómo la propuesta del Gobierno Abierto viene normalmente asociada a la mejora de los intercambios de información entre la Administración y los administrados, así como a la mejora de los servicios públicos, especialmente para que la ciudadanía reciba una atención más personalizada, donde el uso de Internet es primordial.
El modelo de participación ciudadana que proyecta el Gobierno Abierto se refiere a procesos telemáticos (a distancia) de intercambios de información entre la Administración y los usuarios/as individuales. De ahí que el Gobierno Abierto esté también muy asociado al concepto de e-Gobernanza.
Además, al hablar de participación ciudadana, el Gobierno Abierto mantiene la ambigüedad en cuanto a la naturaleza de la participación que quiere promover, y en la mayoría de los casos afecta a la apertura de procesos meramente consultivos donde las Administraciones gozan de grandes dosis de discrecionalidad.
Pero en cualquier caso, se trata de una participación ciudadana “transaccional” y “codificada” a la medida del instrumento (Internet), que desestima otros elementos que son esenciales para una participación ciudadana entendida como derecho político.

Gobierno Abierto
Participación Ciudadana
Mantiene asimetría Estado – Ciudadanía. Participación otorgada
Aspira a la horizontalidad. La participación como derecho político
Prevalecen los saberes políticos y técnicos sobre los vivenciales. Estratificación de acuerdo a funciones y roles de la organización de la Administración Pública
Validez de los saberes políticos, técnicos y vivenciales. Movilidad de funciones y roles sociales (construcción colectiva)
Legitimidad representativa: pone en marcha procedimientos (sustentados por el Estado)
Legitimidad participativa: genera procesos (autosustentados)
Responde a la norma
Responde al sentido
Prevalece la garantía de derechos (formales, individuales)
Prevalece la satisfacción de necesidades (reales y sentidas, individuales y colectivas).
Oferta “productos” institucionales (cuantificables). Marketing institucional.
Persigue realizaciones materiales e inmateriales (autoevaluables por la ciudadanía)
Admón. Pública-proveedora, Ciudadanía-usuaria
Corresponsabilidad, Interdependencia
Codificación simplificada: la realidad en términos de “problemas” (consultas, demandas, reclamaciones, etc.)
Complejidad: pluriformidad de la comunicación
Número limitado de cauces. Reglamentación
Número abierto de cauces. Autorreglamentación
Aportaciones sumativas (“inteligencia colectiva” a posteriori)
Deliberación
Intercambio de mensajes (transsacciones)
Incorpora la colaboración en la gestión: co-gestión, autogestión
Prevalece el uso de Internet
Uso accesorio de Internet (una vía, no la única). Valor del cara-a-cara (culturas populares)
Invierte en los canales (plataformas virtuales, aplicaciones)
Invierte en dinamización
Ambigüedad respecto al nivel de vinculación
Participación vinculante
Beneficio individual
Lo colectivo como valor (convivencialidad)


Democracia Directa o Democracia 4.0
La aspiración por la democracia directa no es ni mucho menos nueva. Y como venimos diciendo, el desarrollo de las TICs ha sacado lustre al mito de la “asamblea total” en el espacio virtual. Hasta el punto de dar pie a la propuesta Democracia 4.0, que reclama para cada persona su parte alícuota de soberanía, y el derecho a ejercerla en las votaciones de las diferentes cámaras representativas a través de mecanismos de votación electrónica. 
Se trata por tanto de una reivindicación pretendidamente crítica con la democracia representativa y el comportamiento de sus instituciones, que surge de determinados movimientos sociales.
Sin embargo, no hay que soslayar la influencia liberal y tecnófila de esta propuesta, que le permite ser fácilmente asimilada por los discursos del Gobierno Abierto, con los que comparte casi todos sus inconvenientes y a los que añade ventajas poco significativas: salvo la inequívoca finalidad de participar para decidir, la propuesta de la democracia 4.0. sólo ofrece la posibilidad de votar cuando se nos solicite, con una capacidad de incidencia en las decisiones ciertamente limitada [por no hablar de su remota viabilidad jurídica, dado que el Tribunal Constitucional persigue con celo cualquier intento de incluir mecanismos de democracia directa bajo la forma de procesos de participación ciudadana, para preservar el carácter excepcional de la democracia directa dentro de un régimen de democracia representativa como el que alegadamente instaura la Constitución de 1978 - revisar especialmente la STC 119/1995, de 17 de julio]. 
De hecho llama especialmente la atención su escasa capacidad crítica con el tratamiento burocratizado de las decisiones políticas, que la propuesta no aborda. De aquí que podamos afirmar que la democracia 4.0 constituye una fórmula alternativa para establecer el sentido de las decisiones políticas, que se expropian de las manos de los políticos, en su supuesta misión de meros intérpretes e intermediarios de la voluntad popular. No obstante, la democracia 4.0. es esencialmente una propuesta tecnócrata respecto a la organización del cuerpo social y el tratamiento de las decisiones políticas, que siguen en manos de profesionales y expertos. El sustrato de la propuesta continúa siendo la creencia en “el gobierno de los mejores”, y se desliza suavemente hacia el implacable escenario del final de las ideologías. Por este motivo la valoración de esta propuesta es que no supone ningún avance democrático sustancial en los derechos políticos de la ciudadanía.

UNA DEMOCRACIA DIGITAL AL SERVICIO DE LAS DEMOCRACIAS PARTICIPATIVAS

¿Es posible una Democracia Digital al servicio de las democracias participativas?
No podemos ser ajenos a los sesgos de las propuestas planteadas, que suelen centrarse en favorecer un intercambio más fluido de información entre la Administración y la ciudadanía, sin atender a otros factores fundamentales de la participación, como el valor de lo colectivo, el derecho a decidir, la participación en la gestión, por no hablar de cuestiones del acceso (la famosa brecha digital).
La premisa con la que parten estos planteamientos, de que la información es la primera condición para la participación, es bastante matizable. Las posibilidades de participación no dependen tanto de que la ciudadanía cuente con más información, ni de que Administración y ciudadanía dispongan de determinadas herramientas para el intercambio fluido de información. La verdadera diferencia la va a marcar el hecho de que la Administración en cuestión asuma que poner en práctica la participación ciudadana implicará realizar cambios internos en sus formas de funcionamiento. Y esos cambios deben producirse en aspectos sensibles y demandados por la ciudadanía. En participación la credibilidad lo es todo, y la credibilidad viene de la mano de los resultados. La participación tiene que ser palpable y útil para la ciudadanía.
Además de estar dispuestas a generar cambios organizativos y que afecten a cuestiones centrales de la gestión pública, las Administraciones deben ser conscientes de que las herramientas para la participación ciudadana a través internet cuentan con un hándicap difícil de neutralizar. Son herramientas donde las personas participantes, en su mayoría, carecen de las capacidades para alterar la propia herramienta. Existe siempre, por tanto, un elemento de convocatoria, por el cual los administradores de la herramienta convocan a otras personas en calidad de usuarias de la misma, generando desde el comienzo unas relaciones de poder a partir del dominio de la herramienta, difíciles de corregir a través del solo ejercicio continuado de la participación en la misma. Esto hace de la participación a través de medios electrónicos una participación “a la medida” de la herramienta, es decir, que configura al cuerpo social según el diseño predeterminado de la aplicación. Por eso la participación electrónica es siempre insuficiente, siempre está necesitada de formas más inmediatas y apropiables de participación que la complementen. 
Por último, abundaríamos en lo que todos sabemos: que existen líneas rojas que el necesario control público de las Administraciones no puede pasar por alto. Una es la inoperatividad de la gestión: no podemos plantear instrumentos que acaben paralizando la gestión. Su aplicabilidad debería responder a una decisión política en cuanto a la disposición y capacidad de los organismos para incorporar la participación ciudadana en su actividad dentro de unos plazos estipulados y razonables para todas las partes. Y habría otra línea roja más sutil que queremos resaltar, que es la propagación de una cultura de la desconfianza. La desconfianza se genera principalmente cuando se concibe la acción política como un ejercicio puramente declarativo (ideas, planteamientos, decisiones, que las Administraciones deben “ejecutar”), despreciando el terreno de lo concreto, el ámbito de la gestión, como espacio capaz de suscitar la colaboración mutua entre ciudadanía y Administraciones desde nuevas formas de organización. De esta forma habría que huir de la participación que se fomenta exclusivamente para la realización de diagnósticos, la generación de propuestas, la identificación de objetivos y el control de resultados, pero que no avanza en formas de gestión participativa de los recursos, los servicios y la actuación pública. La participación que no aterriza en lo concreto alienta la sospecha y destruye más de lo que es capaz de construir.

Algunas propuestas
Una vez realizadas estas consideraciones, es oportuno señalar que las Administraciones tienen un amplio camino por recorrer para mejorar su gestión integrando mecanismos electrónicos que faciliten la participación ciudadana. A continuación realizamos algunas sugerencias.
En primer lugar, habría que considerar los instrumentos orientados a la mejora de la trasparencia de la información pública, que en principio no deben acarrear demasiados costes adicionales ni problemas para su puesta en marcha por parte de las Administraciones. En general, al centrarse en la información, los diferentes mecanismos que favorecen la transparencia son propuestas limitadas como herramientas expresamente de participación, pero algunas pueden ser un avance interesante, al permitir a la ciudadanía un cierto control de las políticas públicas y ofrecer cierto margen de libertad para introducir determinados temas en la agenda política. En este espectro de instrumentos estarían las aplicaciones de seguimiento de la actividad pública y rendición de cuentas (de la actividad legislativa o del desarrollo de actuaciones, procesos de planificación; también las Agendas Públicas y las herramientas de visualización de los presupuestos y sus niveles de ejecución), así como las aplicaciones para demandar públicamente información y los foros virtuales para la respuesta pública a preguntas de la ciudadanía.
La relación con la ciudadanía en calidad de personas interesadas en los procedimientos administrativos (la concesión de permisos y licencias, el pago de tasas e impuestos o la tramitación de ayudas y subvenciones, por ejemplo) suele despreciarse a la hora de valorar posibles avances en democracia digital. Sin embargo la generalización de la Administración electrónica está convirtiendo cada vez más a la población en usuaria digital. Internet se está convirtiendo en el principal medio de comunicación entre Administraciones y ciudadanía (y para algunos trámites, en el único). Una política transversal de transparencia y participación sería insuficiente sin la revisión de los criterios operativos de la gestión telemática que, como poco, fuese más “amigable”, pero aspirando a que los usuarios de un servicio público pudieran constituirse progresivamente en una comunidad que conoce y evalúa colectivamente ese mismo servicio. En este sentido, cobran mayor significado las medidas de “socialización” de los registros de personas y/o entidades usuarias o beneficiarias de la actuación pública. La constitución de redes sociales de personas y/o entidades interesadas en distintos aspectos de la actuación pública a partir de las numerosas bases de datos e incluso registros creados al efecto, tiene su interés como espacio de deliberación pública para favorecer la evaluación participativa de las políticas públicas, brindando canales para la generación de puntos de vistas alternativos sobre la actuación de las administraciones y herramientas que favorezcan la auto-organización.
Todos ellos parecen instrumentos viables, si bien habría que destacar que deben tratarse de instrumentos complementarios donde no puedan adoptarse de forma autónoma decisiones públicas, al estar incluidos en procesos integrales donde operen otros instrumentos de participación no virtuales que favorezcan la inclusión de otras personas y formas de participación en los mismos.
Un capítulo aparte merecen las aplicaciones web que funcionan como distintas variaciones de un "foro público", destinadas a la generación y deliberación de propuestas de y con la ciudadanía. Internet ofrece hoy día grandes posibilidades de acceso a la información, de puesta en relación de puntos de vista distantes, en el más amplio sentido de la palabra; de contraste de argumentos, y de generación de apoyos y consensos, todas ellas ciertamente aprovechables para la cooperación en la elaboración de discursos. Wikipedia representa el paradigma, sobre el que se ensayan otras propuestas interesantes, entre las que podría destacar la sugerente “wiki-legislación”. Bajo distintas formas, más o menos ambiciosas, se constituyen foros que permiten esa suerte de deliberación pública a la que no pocas voces aplican el calificativo de “inteligencia colectiva” no sin cierto triunfalismo (en la mayoría de los casos, la pretendida “colaboración” no suele pasar de la mera “adición” de aportaciones. Y si se consiguen algún grado de elaboración colectiva, el hecho de desarrollarse en el espacio virtual no las vacuna de las omnipresentes relaciones de poder). Más allá de las ventajas de estas herramientas colaborativas, habría que llamar la atención sobre los puntos que viene a limitar significativamente su alcance. 
Así, este tipo de aplicaciones son de dudosa utilidad si no se enmarcan dentro de procesos más amplios donde por parte de los poderes públicos exista un compromiso previo de vinculación (esto es, que los procesos sean decisorios y las decisiones se lleven a efecto). En la actualidad se da una competencia de múltiples iniciativas privadas, con y sin ánimo de lucro, por ocupar un espacio de preponderancia social para albergar este tipo de debates que, en definitiva, deberían ser públicos. Por tanto, deberían ser las Administraciones las que albergaran y garantizaran el funcionamiento de estos espacios. Sin embargo, no están a ello las Administraciones, que cuando los crean, y es el segundo escenario, suelen tratarse de espacios virtuales de cara a la galería, para dar muestra de un poder clientelar omnímodo, frente al mero desahogo de la población “implicada” y familiarizada a las formas y códigos planteados desde la institución (la eterna lucha entre personas y colectivos afines y/o contrarios a la acción de gobierno, que no escapa del radio del movimiento asociativo). Los debates que se albergan en ellos, en este caso, son socialmente insignificantes por su escaso pluralismo, no tienen ninguna incidencia en la toma de decisiones y, por descontado, no contribuyen al desarrollo de los derechos políticos de la ciudadanía. La banalidad de estos foros virtuales radica así, por una parte, en su falta de oficialidad (difícilmente pueden calificarse de públicos), y por otro lado, en su carácter excepcional y anecdótico dentro de los mecanismos políticos para la formación de la toma de decisiones, que siguen ajenos a la mayor parte de la ciudadanía. 
Para evitar estos males endémicos en los foros virtuales, por el que han sucumbido no pocas iniciativas y en las que se han malgastado no poco recursos públicos, de nuevo hay que insistir en que este tipo de herramientas deben estar integradas dentro de una propuesta de participación más inclusiva, y donde posibles aplicaciones deben ser un complemento a procesos más amplios e integrales, con momentos de participación presencial. Los espacios y foros virtuales tienen sentido como apoyo para procesos participativos, y no pretender significar por sí mismos una forma de participar.

jueves, 15 de marzo de 2012

Elogio de la tasca

Sin descartar el elogio a más lugares (sobre todo pensando en nuestras compañeras!), no dejo de sentir complicidad con este "elogio de la tasca" (Gracias Javi por el enlace).  Como dice el dicho, mejor ser "de tascas que de actas". Lo suscribo. Un buen faro para la sociedad que queremos.

Elogio de las tascas, por Leonardo Boff

“Me gusta ir a las tascas pues ahí puedo comer sin mala conciencia. Las hay en todo el mundo, también en las comunidades pobres, en las cuales trabajé durante años.
Debido a mi «gitanismo intelectual», hablando siempre en muchos sitios y ambientes sobre infinidad de temas que van desde la espiritualidad a la responsabilidad socioambiental y hasta sobre la posibilidad del fin de nuestra especie, los organizadores, por deferencia, suelen invitarme a un buen restaurante de la ciudad. Lógicamente, guardo la buena tradición franciscana y celebro los platos con comentarios elogiosos. Pero me queda siempre un mal sabor de boca, que impide que el comer sea una celebración. Me acuerdo de que la mayoría de las personas amigas no pueden disfrutar de estas comidas, y especialmente los millones y millones de hambrientos del mundo. Me parece que les estoy quitando la comida de la boca. ¿Cómo celebrar la generosidad de los amigos y de la Madre Tierra, si, en palabras de Gandhi, «el hambre es un insulto y la forma de violencia más asesina que existe»?
En este contexto me viene a la mente el consuelo de las tascas, o tabernas. Me gusta ir a las tascas pues ahí puedo comer sin mala conciencia. Las hay en todo el mundo, también en las comunidades pobres, en las cuales trabajé durante años. Ahí se vive una real democracia: la tasca (donde van las personas con menor poder adquisitivo) acoge a todo el mundo. Puede estar allí tomando su caña un profesor universitario al lado de un peón de la construcción, un actor de teatro en la misma mesa que un pillo, y hasta un borracho tomando su traguito. Es sólo llegar, ir sentándose y gritar: «póngame una cañita bien fría».
La tasca desempeña una función ciudadana: da a quienes la frecuentan, especialmente a los más asiduos, el sentimiento de pertenencia a la ciudad o al barrio.
La tasca brasileña es más que su visual, con azulejos de colores fuertes, el santo protector en la pared, generalmente un san Antonio con el Niño Jesús en brazos, el símbolo del equipo de futbol aficionado, y los anuncios de colores de las bebidas. La tasca es un estado de espíritu, el lugar de encuentro con los amigos y vecinos, de la conversación hasta las tantas, de la discusión sobre el último partido de futbol, los comentarios sobre la novela preferida, la crítica a los políticos y las palabrotas bien merecidas contra los corruptos. Pronto todo el mundo se hace amigo, dentro de un incipiente espíritu comunitario. Aquí nadie es rico o pobre. Es, simplemente, gente que se expresa como gente, usando el lenguaje del pueblo. Hay mucho humor, chistes y bravatas. A veces, como en el Estado de Minas, se improvisan unos cantares que alguien acompaña con la guitarra.
A nadie le importa la condición general de la barra o de las mesas. Lo importante es que el vaso esté bien limpio y sin grasa; si no, estropea la espuma cremosa de la caña que debe tener unos tres dedos. Nadie se molesta por cómo está el suelo o por el estado del baño.
Los nombres son de lo más variado, dependiendo de la región del país. Puede ser La bodega de la vieja, El bar de Sacha, La tasca de don Gomes, el Bar del Giba, La tasca del Joia, El pavo azul, La cofradía del chivo perfumado, La casa llena, o muchos otros. Belo Horizonte es la ciudad de Brasil que tiene más tascas, y celebra todos los años el concurso de la mejor comida de tasca. Los platos también son variados, elaborados generalmente a base de recetas caseras y regionales: la carne secada al sol del Nordeste, la carne de cerdo y el tutú (pasta de frijoles con harina de mandioca y bananas fritas) de Minas. Los nombres son ingeniosos: mexidoido chapado (mixto de carnes a la plancha), porconóbis de sabugosa (debe su nombre al cerdo y a las hojas de una planta llamada ora pro nobis), costilla de Adán (costillita de cerdo con mandioca), torrezno de barriga. Hay un plato que aprecio sobremanera que ofrecen en el Mercado Central de Belo Horizonte y fue premiado en uno de los concursos: bife de hígado encebollado con jiló (frutillo amargo muy popular). Si de mí dependiera, este plato debería figurar en el menú del banquete del Reino de los cielos que el Padre celestial va a ofrecer a los bienaventurados.
Bien mirado, la tasca desempeña una función ciudadana: da a quienes la frecuentan, especialmente a los más asiduos, el sentimiento de pertenencia a la ciudad o al barrio. No habiendo otros lugares de entretenimiento y de ocio, permite que las personas se encuentren, olviden su estatus social y vivan una igualdad generalmente negada en el día a día.
Para mí la tasca es una metáfora de la comensalidad soñada por Jesús, lugar donde todos pueden sentarse a la mesa, celebrar la convivencia fraterna y hacer del comer una comunión. Y en mi caso, es el lugar donde puedo comer sin mala conciencia.
Dedico este texto a mi amigo Jaguar, dibujante de comics, que aprecia las tascas.”

Tomado de: Revista FUSION - Elogio de la tasca | Leonardo Boff

lunes, 3 de octubre de 2011

Cuchará y paso atrá


Una teoría del poder encerrada en un gesto cotidiano de la cultura jornalera: olla o sartén común, cuchará y paso atrá. Usando colectivamente el poder de forma autogestionada para comer uno y dejar paso a que coman los demás.

14 años de una revista de ciencias sociales de vanguardia en Andalucía, en torno a la participación desde las culturas populares. El esfurzo editor y compilador de Javier Encina y una multitud de colaboradores y amigos: decenas de experiencias, artículos académicos, poesía.

Si uno de los lastres de esta revista ha sido siempre su escasa difusión, la publicación de todos los números en formato pdf en la web http://ilusionismosocial.org es una buena noticia para todas las personas interesadas.

Un lujo y adelante, como siempre.





viernes, 12 de agosto de 2011

Soberanía Alimentaria

Mientras se me bloquean en la cabeza y en el tiempo decenas de ideas de nuevas entradas, doy difusión al nuevo vídeo de Vía Campesina, con el que tratan de difundir su concepto de Soberanía Alimentaria, y concienciarnos de los problemas del mundo rural hoy y la crisis alimentaria. Algo que nos toca muy de cerca.
Un abrazo enorme a todos!


La Via Campesina en movimiento... ¡ Por la soberanía alimentaria ! from La Via Campesina on Vimeo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La participación explicada a los niños

Es un clásico la falta de recursos de apoyo para trabajar la participación. Es fácil de entender. Se trata de un juego de control. Trabajar la participación es ayudar a reflexionar sobre los propios poderes. Obliga a situarse: cómo lo ejercemos, cómo lo padecemos. Por eso, siempre es espinoso plantear según qué preguntas en según qué contextos, o al menos hacerlo sin ser tachado de agitador gratuito... o interesado. Ahí, los materiales de apoyo nos pueden echar un cable, permitiendo una prudente distancia inicial para acercarnos a la cuestión con complejidad y el sufiente tacto para que la cosa no fracase al primer acercamiento. Pero el recurso adecuado es siempre una opción difícil, y siempre va a requerir adaptación y creatividad para lo que se necesite en cada momento.

Por eso se agradecen determinados descubrimientos. El último, mientras "perdía el tiempo" viendo dibujos animados con mi hijo. Aquí os dejo (si lo consigo) este vídeo correspondiente a la serie de animación "Juan y Tolola" (Charlie y Lola en el original, y también en la versión americana), basada en los personajes de unos libros infantiles. El capítulo en cuestión, el 24, se titula "mi pequeña ciudad" (con el título del capítulo basta para encontrarlo en internet). Pronto alguien nos hará otro favor y nos subirá también a youtube la vesión con doblaje castellanizado.

A los niños se les ven las intenciones: son tan transparentes.
Se las juzga: son tan egoístas y primarios.
¿Y nosotros? Especialmente indicado para el trabajo con políticos y técnicos!

Que lo disfrutéis

viernes, 23 de octubre de 2009

Cuestiones sobre la evaluación en procesos participativos

La evaluación, como la propia participación o la sostenibilidad o la igualdad de género (el listado es inmenso), son de esas “palabras-sortilegio” que los partidos utilizan por rachas para afianzar su hegemonía. No importa tanto lo que significan, o qué actuaciones concretas se quieren justificar con ellas. Por encima de eso importa que estén presentes en el discurso. Que se digan. O más aún, que no se olvide decirlas. Porque su función es mítica. Aparecen y confieren legitimidad. Con ellas parece que cualquier proyecto es mejor. Y eso, cuando los discursos se parecen tanto, cuando el debate político descansa más en la imagen que en las ideas, es algo muy importante.

Esto se comprueba al más mínimo análisis de las propuestas y actuaciones que se suelen promover amparadas en este tipo de términos. Normalmente no pasan de acciones anecdóticas, que en ningún caso merecen el lugar de privilegio que se les presta en el discurso. A veces, ni tan siquiera significan variaciones respecto a lo que se venía haciendo o propugnando con anterioridad a la aparición de tales engendros.

Pues volvemos con la evaluación. Hoy se utiliza como “palabra-sortilegio” en el diseño de las políticas públicas, habitualmente acompañada de la “transparencia”. No hay plan ni proyecto que no contemple la evaluación, con la opinión que ésta me suscita y que ya he adelantado.

Sin embargo la evaluación cuenta con toda una trayectoria de reflexión teórica, sobre todo en el ámbito de la educación. No es que la cosa mejore cuando la evaluación se practica en este campo. También se ha hecho de todo en su nombre: con ella se ha cuantificado, medido la “aptitud” de la gente, se ha determinado si se alcanzaron unos objetivos previos, se ha valorado si los objetivos eran los adecuados a otros fines más generales… El caso es que al menos ha logrado producir reflexiones útiles, o al menos de mayor interés que la literatura de la evaluación usada por las administraciones y los teóricos de la planificación.

Hace años que encontré un libro sobre evaluación, escrito desde el ámbito de la educación, por dos autores “constructivistas”. Creo que nunca fue editado en español, Fourth Generation Evaluation, de GUBA & LINCOLN (Sage, 1989). Aún no he encontrado un libro de los muchos que pretenden enseñar “cómo se hace un proyecto” que incorpore la evaluación vista con estas intuiciones tan claras y evidentes. Ni siquiera cuando se trata de incorporar la evaluación desde perspectivas participativas. Quiero reproducir lo que considero que son las principales aportaciones de este libro.

En primer lugar, habría que revisar el concepto mismo de evaluación:

• Una evaluación es una construcción. Los resultados de la evaluación no son descripciones de “cómo son las cosas”, o de “cómo funcionan”, o su “verdadero estado”. Representan construcciones significativas que agentes individuales o grupos de agentes crean para “darle sentido” a las situaciones en las que se encuentran. Sus descubrimientos no son, en última instancia, “hechos”, sino “creaciones” de un proceso interactivo que incluye al evaluador, así como a las muchas partes que la evaluación pone en riesgo de alguna manera.

• Toma forma con arreglo a los valores de quienes la construyen. Las construcciones con las cuales la gente le da sentido a las situaciones que viven en gran medida se configuran según los valores de quienes las construyen. Desde el momento en que las sociedades son plurales en valores, las preguntas “¿de quién son los valores que van a ser tenidos en cuenta?” y “¿cómo van a tener cabida las diferentes posiciones?” se vuelve primordial. Una metodología que se arrogue ser neutral probablemente será de poca utilidad en tales casos.

• Da sentido en un contexto. Estas construcciones están inseparablemente ligadas a los contextos físicos, psicológicos, sociales y culturales particulares en los cuales se forman y a los cuales tratan de dar sentido. Ninguna de ellas puede ser considerada “verdadera” en un sentido absoluto, ni siquiera una aproximación a la verdad.

• Tiene la capacidad de emancipar u oprimir. Las evaluaciones pueden configurarse tanto para emancipar como para oprimir a las partes implicadas de diversas maneras. No debe sorprender que las evaluaciones tiendan a revelar la ineficacia y la mala gestión de cualquier colectivo salvo la del cliente, o que se dé prioridad a los objetivos del cliente por encima de los de otras partes implicadas. Las diferentes partes implicadas pueden ser “empoderadas” o “desempoderadas” mediante la comunicación selectiva de los hallazgos de la evaluación. Si los clientes tienen la última palabra sobre si la información se hará pública, a quién, cuándo, y con qué medios, el proceso está claramente sesgado hacia el mantenimiento e incluso el aumento del poder de aquéllos que ya lo tienen, mientras se priva a los relativamente sin-poder incluso del poco que tienen.

• Su validez para la acción depende de su capacidad de establecer espacios de negociación. La evaluación debe tener una orientación a la acción que defina cursos que seguir, estimule a las partes implicadas a seguirlos, y genere y preserve el compromiso de las mismas a hacerlo. Los científicos “puros” parecen inclinados a delegar el seguimiento, el aspecto aplicado de la evaluación, a otros. Muy a menudo, el “producto” evaluación es una relación de recomendaciones que encaja únicamente con los propósitos del evaluador y el cliente, dedica poca atención a los intereses legítimos de otras partes implicadas, demuestra falta de preocupación por las cuestiones y temas planteados por otros grupos, y refleja sólo uno (el suyo) de los múltiples esquemas de valores inherentes a la situación. Si hay un curso de acción con el que la mayor parte de las partes implicadas pueden estar de acuerdo, a éste sólo puede llegarse a través de la negociación, que respete los distintos esquemas de valores y haga posible a los individuos encontrar una razón para apoyarlo. Si esa es la meta que conseguir, el evaluador debe desempeñar un papel mucho mayor que simplemente el de técnico recolector de información; en su lugar, debe ser quien orqueste el proceso de negociación, que en el análisis final es el meollo de la evaluación.

• Exige la participación paritaria en todos los niveles de la investigación. En tanto se trata de interactuar con personas, el respeto de la dignidad, la integridad y la privacidad debe ir más allá del respeto de los cánones habitualmente utilizados. Alcanza el nivel de la implicación plenamente participativa, en el que las partes implicadas son bienvenidas como interlocutores en plano de igualdad en cada aspecto del diseño, implementación, interpretación y acciones resultantes de la evaluación (relaciones sujeto-sujeto).

 A partir de aquí, GUBA & LINCOLN identifican lo que consideran problemas persistentes de la evaluación:

1. Tendencia a favorecer a los gestores
Aquí se entiende por gestores normalmente a los clientes o patrocinadores que encargan o financian una evaluación, así como el personal al mando a cuyo planteamiento el evaluador se adhiere respecto al establecimiento de parámetros y límites del estudio, y a quien informa. Esta relación entre gestores y evaluadores rara vez se desafía, aunque conlleva un buen número de consecuencias indeseables:

 El gestor, en la práctica, sale ileso. En tanto el gestor permanece fuera de la evaluación, sus cualidades y prácticas gerenciales no pueden ponerse en cuestión, ni puede ser obligado a rendir cuentas de lo que los evaluados producen o dejan de producir.

 La relación habitual entre gestor y evaluador es injusta y desempodera. El gestor tiene el poder último de decidir qué cuestiones debe indagar la evaluación, cómo van a recogerse las respuestas, cómo van a ser interpretadas, y a quién se van a difundir los hallazgos. Esto desempodera a las partes implicadas, que pueden tener otras preguntas que ser contestadas, otra forma de preguntarlas y otra interpretación que hacer de ellas. Como resultado de la evaluación, el gestor es elevado a una posición de gran poder.

 La relación habitual entre gestor y evaluador es opresora. Con frecuencia el gestor se reserva contractualmente el derecho a decidir si los hallazgos de la evaluación van a ser difundidos, y si lo son, a quién. Las partes implicadas que permanecen al margen de los hallazgos son, en la práctica, privados de la posibilidad de tomar cualquier acción que los hallazgos de la investigación pudieran haberles sugerido, incluyendo, en particular, la defensa de sus propios intereses. Al privárseles de la información se les niegan sus derechos.

 La relación habitual entre gestor y evaluador tiende a ser una relación cómoda. Hay ventajas obvias para que exista connivencia entre ambos. Por parte del gestor, una evaluación conducida de manera que quede indemne, a la vez que desempodere y oprima a posibles rivales es claramente preferible a una que le pida cuentas y haga posible a sus rivales asumir cierto poder. Por parte del evaluador, una evaluación realizada de modo que obtenga la aprobación del gestor propicia nuevos contratos y asegura una fuente de ingresos.

2. Fallo en la incorporación del pluralismo axiológico

La ciencia no es neutra, ni la metodología puede asegurar la objetividad, en tanto que los mismos “hechos” son determinados desde el sistema de valores del evaluador. La pregunta “de quién son los valores que dominan en una evaluación” o “cómo se negocian las diferencias de valores” se convierte en el principal problema.

3. Excesivo compromiso con un paradigma “científico” de investigación

 Descontextualización. Consiste en analizar al evaluado como si este no existiera en un contexto, sino únicamente bajo las fuerzas de las condiciones cuidadosamente controladas por el diseño de investigación aplicado. Estas condiciones se instituyen con la esperanza de que los factores locales irrelevantes pueden dejarse de lado, y obtener así resultados generalizables. Esta es una de las razones por las que las evaluaciones resultan irrelevantes a nivel local.

 Dependencia excesiva de la cuantificación. “Deriva instrumental”: los instrumentos, creados como operacionalizaciones de las variables científicas, tienden a cobrar vida propia y a convertirse en las propias variables. De ahí se derivan razonamientos del tipo “lo que no es medible no es real”.

 Poder de coerción de la verdad. La verdad es innegociable. Como evaluadores que utilizamos el método científico, aseguramos a nuestros clientes que la propia naturaleza nos ha suministrado los datos que nosotros presentamos. No cabe opinar ni denegar su validez. Como resultado, todo lo que se evalúa con una evaluación positivista (científico) queda certificado como “lo que debe hacerse”.

 Exclusión de otras formas de pensar sobre los evaluados

 Irresponsabilidad del evaluador. Libre de responsabilidad moral por sus acciones. Nadie puede ser acusado de decir la verdad. El evaluador no puede controlar cómo se utilizan los resultados de una evaluación, ni tiene responsabilidad sobre el seguimiento del programa. Su responsabilidad termina cuando entrega el informe.


En este punto cabría una reflexión dentro de los procesos participativos: ¿Para qué evaluamos? Un problema que tenemos los técnicos de este tipo de procesos es que siempre que hablamos de evaluar, lo hacemos en términos de validar nuestros objetivos: el proceso es finalista. Utilizamos la evaluación de forma unidireccional, o lo que es lo mismo, utilizamos la evaluación como validación o legitimación de unos pocos (aunque seamos nosotros). Los objetivos (nuestros), el proceso (¿nuestro?), no son cuestionables, siempre falla la gente o las condiciones... En este sentido la evaluación tiende a justificar el propio proceso. Esto contradice los principios que estamos difundiendo, por ejemplo, desde los presupuestos participativos.

Lo que se impone, en estos casos, es tomar opción: la evaluación tiene que ser coherente con estos principios, por lo que se necesita abrir el camino a evaluaciones participativas. Algunos apuntes para esta reflexión :

  • Existen unos principios de actuación a favor de la construcción colectiva de proyectos sociales autónomos 
  • Se asumen diferentes realidades y se potencian diferentes juicios
  • No sólo el comportamiento de las variables (“apto o no apto”); ni los objetivos de la acción (“¿se está haciendo lo correcto para llegar a donde queremos que se llegue?”). Las participaciones también son problemáticas (“¿Estoy/estamos siendo manipulados?” “¿Me involucro? ¿Y cómo?”).
  • Favorecer que todas las partes puedan (quieran, sepan) elaborar y valorar las categorías que les sean significativas en su toma de decisiones respecto del proceso
  • Construcción colectiva (información nuestra)
  • Cuantificación, cualificación, intuición… Cada grupo debe validar de una forma. …Y decisión.
  • El diseño se hace desde los sujetos en todo el proceso. Relaciones sujeto – sujeto.
  • Asimetría táctica/Simetría estratégica.